Sustancia
Lo vi caer, temblar a mis pies, perder el conocimiento y olvidarse de cómo mover los pies. Siempre pienso en el afecto que en aquel tiempo pudo haber y cómo ahora su existencia podría sentirse vacía de no ser por el rencor que hay en mi ser. Lo mismo ocurrió con ella, la vi hundirse a mis pies. Traté de ser su anzuelo para levantarla pero terminó siendo mi ancla; me hundí por los pies. ¿Qué clase de problema hay que tener para no saber amar, para no saber elegir?
Nunca pensé que aquellos mares de desatino me ahogarían tantas veces. Puse mis manos y traté de mantenerme a salvo pero una vez que ella salió empujó más mi destino y mis esperanzas se destrozaron. En cuanto se vio sana y salva no me recordó, y las manos de otra tomó. Ahora era él quien impedía mi surgir encerrándome en un pequeño búnker submarino sin oxígeno del que no podía escapar. La única forma de separarse de los obstáculos es superándolos pero cómo superar a aquel monstruo cuando la sangre no se separa del agua.
Con los años logré abrir la pesada puerta de acero que me asfixiaba pero después me encontré desorientada, ya no entendía cómo amar. Pensar en que todas las personas son igual de decepcionantes y que no puedo (ni quiero) salvarlos mientras interfieran con mi resurgimiento.
Después de tanto tiempo de disputa interna decidí que aunque el océano es pesado y mi respiración limitada le podría rogar a Poseidón (que no es muy querido, perdón) que me ayudara a salvar lo que quedaba de mí pero no funcionaría, no funcionó y no funcionará nada más que para agitar las aguas y crear un huracán...
Poco a poco he ido nadando y la sangre que me rodeaba se ha separado, abajo se ha quedado. Puedo vislumbrar rayos de sol y poco a poco objetos que caen a las profundidades. Cuestiones preciadas se arremolinan ante mí; accesorios, fotos e incluso colores me impulsan para seguir. Un pulpo se une y expulsa su tinta en mi ropa que además de estar festiva se siente andrajosa y triste después de ese ataque, pero la familiaridad me impulsa a la superficie. Mi respiración quiere apagarse pero no se lo permito, no me lo permito. Sé que ha sido la confianza en mí la que me ayuda a moverme, porque sé mucho más que esto, mucho más que ellos.
Todos los días anhelo llegar y tomar la luz entre mis dedos, volver a disfrutar de aquellos objetos (para algunos insulsos) que acompañan mi ascenso. A veces decaigo un poco pero me impulso con fe en mí y mi esperanza en la vida porque ya no estoy atada y menos encerrada. Hay momentos en los que puedo asomar mi rostro antes de ser arrastrada otra vez; siento el aire fresco y aunque la luz me ciega me alegra poder respirar para continuar la lucha contra el mar.
No pasa mucho tiempo cuando otros se unen a intentar empujarme pero no se logra mayor avance. Cuando siento que la profundidad me toma les ruego que me suelten y cuando me ignoran decido tomar cartas en el asunto y uso la fuerza para soltarme, porque no quiero ser ancla y menos búnker para nadie. Después de entender mi decisión de no estorbar a nadie objetaron quedándose en la orilla más cercana, donde siempre siento sus voces que me alientan y ahora incluso los veo en el remolino que siempre me acompaña porque aprendí que el amor y el apoyo se valora pero sólo hay una persona que puede sacarme de forma segura y soy yo.
En el camino lloro al ver cómo nos movemos como personas y lo que nos lleva hasta ahí pero recuerdo que no siempre podemos ser salvavidas.
Comentarios
Publicar un comentario