Untitled
Caminábamos
bajo aquella espesa neblina, aquella que hacía ver la nada de colores mientras
reflejaba semáforos y anuncios de neón. Caminábamos juntos; ella, mi soledad,
la noche y yo. Le comentaba trivialidades de la vida mientras me sonrojaba
demasiado como para tener el valor de tomar su mano, ella lo quería pero yo era débil
emocionalmente. La llevé a un café y luego a bailar, no tengo idea de cómo
hacerlo pero por ella lo intentaría. Su noche favorita era la de los ochenta,
nunca me sentí suficiente por no poder darle más que una noche.
Cuando
entramos al bar se emocionó, sus ojos brillaron al escuchar las primeras notas
de Digital pero pensé que con escucharlo de una antigua mezcla no era
suficiente, aquello plantó una extraña idea en mí. –Vamos a la puerta trasera,
tengo una idea. A lo que sus mejillas me respondieron con un tono sonrosado y
prosiguió a asentir.
Fuimos adentrándonos
en la multitud de jóvenes vestidos de cuero y denin, todos usaban el cabello
despeinado y pequeños pines en sus chaquetas e incluso, pantalones gastados.
Entre tanta diversidad fuimos encontrando el pasillo que necesitábamos; violeta
y nublado, distorsionado. Se detuvo ante la puerta que decía salida pero yo por
el contrario, cruce hacia los baños. En aquella esquina habían tres puertas;
masculino, femenino y unisex. Voltee para verla y con gesto sorprendido se
acercó. -¿Me invitas al baño? Eres menos rudimentario de lo que esperaba.
Sonreí y le señalé hacia la pequeña puerta con dos íconos, esperaba que
funcionara. –Es lo que mereces, no puedo darte más. Le dije mientras tomaba su
mano y atravesábamos la habitación.
Una extraña
sensación inundó mi cuerpo y nubló mi vista, luego sentí sus labios sobre los
míos, me aparté de ella y me dirigió una mirada confundida pero se confundió
más al ver que aquella habitación podía ser de todo menos un baño. -¿A dónde me
has traído? Susurró en mi oído. –A donde te mereces. Le susurré de regreso.
Confundida fue
avanzando entre las personas que nos rodeaban, el pasillo brillaba con tones
azules. Una voz familiar cantaba I don't
need to sell my soul / He's already in me, me llevó unos pocos segundos
reconocer la canción más famosa de The Stone Roses. –No se suponía que volveríamos a la fiesta, íbamos a consumar el acto… O eso
era lo que yo creía. –No bromees. Le
dije. –Esto es más que una fiesta, esto es historia.
Fuimos
avanzando mientras aquellos pequeños jóvenes se movían de forma extraña y una
sonrisa se asomaba en mi rostro, ella se veía aturdida pero satisfecha. Al
dirigir la mirada al escenario, entre aquel borrón azul que era la vida, se
veía el brillo del fijador y una camisa clara, nariz perfilada y clara mirada, aquel
joven le daba la batalla a su micrófono. –Tienes que estar bromeando, no sé qué
le pusiste a mí café pero irás a la cárcel por esto. Mi única reacción fue
carcajearme y sacar su teléfono de su chaqueta y lo encendí para ella, no decía
nada màs que 15 de agosto de 1985. Aquello era The Stone Roses en vivo y sólo
para ella.
Intentó
acercarse al escenario pero sus pies no la dejaban, no podía moverse más allá
entre la multitud y yo sabía que nunca iba a poder hacerlo. –Sólo disfruta
conmigo, no puedo traerte a los ochenta todos los días… Sólo los viernes. Acto
siguiente, saltó sobre mí y me besó mejor que la primera vez y sus lágrimas de emoción
se transformaron en las mías.
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