Mentira inexorable

Estuve sentado en la terraza del edificio donde ella vivía; tenía un cigarrillo en la mano y una herida en la otra, mis pies colgaban en el aire y mis pensamientos también. El sol quemaba mi espalda pero la desolación quemaba mi alma.

Inhale del Marlboro que estaba casi entero, inhale de aquel humo con sabor a ella, con sabor a sus labios, aquel sabor a nicotina que representaba su esencia, aquella nicotina que la volvió una adicción para mí. Extrañaba aquel lugar que había sido testigo de cada uno de nuestros encuentros clandestinos, aquel lugar en el que ella cayó ebria en mis brazos por primera vez, aquel lugar que había sido testigo de tanto libertinaje  y a la vez de tanto amor; el vigilante de nuestra tóxica relación.

Dejé que la brisa me consumiera e impulsara mis pensamientos hacia otra parte, hacia otro objeto, necesitaba nuevas metas, necesitaba nuevas adicciones. Escuchaba como ella acariciaba mis orejas y se posaba en mis mejillas y me comentaba lo que debía hacer; estaba liberando mis pensamientos, estaba demostrando que ella era lo único que necesitaba pero no podría recuperarla de ninguna forma. 

Podría recurrir a la nicotina, a la cocaína, a la heroína, a la morfina y aun así todas se sentirían como ella; delicadas y pretenciosas pero a la vez corrumpentes y desastrosas. Todos conocemos el final de todas ellas y el de mi agonía no sería diferente, el de mi querida tragedia no sería diferente, tal vez sería peor.

Ella partió ante mí, partió para dejarme con la vida vacía y el espíritu desgarrado. Se fue justo aquí, en este lugar, en una tarde como esta, en la misma situación en la que me encuentro, con el mismo malestar en el corazón y la misma angustia en la mente.
Ella decidió volar con la música en su mente y mi vida entre su pecho, con nuestro amor en su cabeza y mi placer entre sus piernas.

Su vuelo término en caída y cada parte de ella bañada en sangre y rasgada en fragmentos irreconciliables, como mi vida ahora. Aún puedo ver su sangre correr en la banqueta, puedo verla a ella acostada esperando encontrarme, sonriendo con su final y aguardando al mío.
No haría nada para encontrarla, solo la dejaría morir ahí mientras repetía la escena de mi descubrimiento y concluiría en que fue lo mejor, en que necesitaba verla así, verla partir y con ella todo rasgo humano en mí. La humanidad es para los imbéciles, para los estúpidos, para los incomprendidos que buscan el bienestar en general y cualquiera de estas cosas eran lo que menos importaban en el mundo porque ahora solo me importaba mi miseria y la gloria de ella. 

Decidí levantarme del gran balcón que separaba la superficie del gran vacío. Trepé y mis pies ya no eran sostenidos por el aire, ahora estaban en la solida planicie de aquel lugar. Mi mano ardía como si el ácido me carcomiera y el cigarrillo aun encendido dejaba que su humo recorriera mi vista por un acto de torpeza.

Lo último que hice allí fue pensar en ella y mi respiración se fue, se agotó y regreso como un ventarrón y me ahogo, el humo volvió a florecer y en él vi su rostro; me llené de furia. Los sentimientos en mí se arremolinaron y la ira ganó, no soporte verle, no soporte su presencia. Tome aquel cigarrillo y lo arrojé hacia el vacío mientras poco a poco se extinguía, fue igual que reavivar su partida.

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