Te acompañara hasta el final y bendecirá tu partida.
-No olvides sus manos. Susurro de forma casi inaudible.
-¿No crees que ya fue suficiente? Gruñí.
-Nunca es suficiente cuando se trata de placer. Paseo sus manos por mis hombros y las retire al instante.
-Yo no siento placer con esto. Me pose frente a ella y sentí un escalofrío.
-Ambos sabemos que sí, aunque trates de creerte cuerdo. Me mostró sus perfectamente blancos y bien alineados dientes, sentí terror.
-No entiendo por qué tengo que hacer esto, ya todo me huele mal y no es solo por el cadáver a nuestros pies. Son todas estas mórbidas cosas que me has obligado a hacer.
-¿No crees que ya fue suficiente? Gruñí.
-Nunca es suficiente cuando se trata de placer. Paseo sus manos por mis hombros y las retire al instante.
-Yo no siento placer con esto. Me pose frente a ella y sentí un escalofrío.
-Ambos sabemos que sí, aunque trates de creerte cuerdo. Me mostró sus perfectamente blancos y bien alineados dientes, sentí terror.
-No entiendo por qué tengo que hacer esto, ya todo me huele mal y no es solo por el cadáver a nuestros pies. Son todas estas mórbidas cosas que me has obligado a hacer.
Ella no respondió de ninguna forma, solo estuvo de pie frente a mí,parecía que ni siquiera respiraba, pero así era ella. Esta mujer que creí amar era soberana y tranquila aunque tenia una mente llena de sadismo que no sabia cómo ocultar. Era alta y morena, de piel ligeramente canela y ojos hazel. Sus piernas eran tan largas y su cabellera era casi del color de la miel. Tenia una figura envidiable hasta para la mejor de las modelos y su rostro era lo mejor de todo. Era un rostro hermoso e inescrutable, era salvaje y lleno de calma, era tan marcado y fascinante que no parecía de este mundo. Pero todo esto no la hacia mejor persona, pero aun así estaba enamorado y no podía cambiarlo.
-No olvides sus manos. Volvió a repetir, esta vez lo hizo más fuerte y claro.
-No lo voy a hacer.
-Tienes que hacerlo.
-Pues no y ¿sabes algo? Grite mientras me alejaba. -Tendrás algo más que unas manos.
-¿A qué te refieres?
-Me tendrás a mí. Dije firmemente.
Comencé a recorrer el lugar con una sensación de asco que me agobiaba; tendría que terminar con aquello. Estábamos en una especie de galpón que seguro perteneció a alguna constructora que había dejado de funcionar hace años o tal vez décadas.
Ella iba a mi lado como siempre, no importaba lo que pasara, lo que hiciera, ella siempre estaba ahí y siempre se veía feliz con mi angustia. Esto me asustaba aveces, pero luego pensaba en que seguro era una forma de apoyo moral.
Después de unos minutos de caminata encontré lo que buscaba; un taladro, uno de esos clásicos que pesaban más que mis propios pecados. Me acerque a este y lo tome, aunque casi caigo en el intento. Ella me miraba asombrada, seguro sabia lo que iba a hacer, por alguna razón siempre lo supo.
-Espero que entiendas todo y espero que te pese aunque no tienes sentido humano, no importa esto, no importa aquello, no importa nada porque te amo. Dije mientras enchufaba el taladro a una vieja extensión amarilla.
-Lo entiendo. Asintió y aun sonreía, parecía satisfecha con la escena.
Encendí el taladro y lo observe por unos segundo. Comencé a imaginar lo que este haría conmigo y sonreí, sonreí con morbo y nerviosismo y sin darle más largas al asunto apunte hacia mí y lo introduje en mi abdomen superior, cerca del estomago y el hígado. Podría haber ido por mi cabeza, pero esta opción realizada era más razonable porque simplemente moriría lentamente junto a ella.
El dolor era insoportable y la sangre imparable, era como ver al Vesubio en actividad; ella era Pompeya y yo Herculano, estábamos siendo ahogados en ríos de sangre que chispeaban por doquier.
Solté el taladro y este cayó al piso aun en actividad y regando sangre. Caí al piso sentado y sosteniendo mis órganos perforados para que no se fueran de sus lugares. La sangre empapaba mis manos y todo de mí, pero ella seguía en la misma posición.
No entiendo por qué estaba consciente, no entiendo por qué ella no hacia nada, no entiendo, aun no entiendo qué ocurrió.
Después de pensar todo esto, despues de cuestionarme, ella se acerco a mí y sostuvo mi rostro sangriento y beso mis labios destrozados. Los beso tan calidamente que por un momento olvide que iba a morir, por primera vez sentí su amor. Se levanto de forma elegante y me miro directo a los ojos y dijo sin rodeos:
-¡Por fin lo entendiste! Vocifero. -Por fin entendiste el mensaje sagrado, por fin cumples mi voluntad, por fin harás algo bien. Grito tan fuerte que por un momento sentí que la tierra tembló.
Ella comenzó a acercarse hacia mí y un humo negro la rodeaba y el ambiente se tensaba, no podía ver nada, no podía sentir nada, ni siquiera mi dolor, pero después de instantes sentí unas manos frías y delgadas en mi rostro, el humo se fue extinguiendo y mi sangre se heló. Ella ya no era ella, ella era una masa esquelética que llevaba un atuendo negro y una guadaña, eso explicaba tanto. Fui el peor de los imbéciles y lo estaba pagando por montón y sin anestesia.
Después de un rato contemplando mi angustia sonrió y podría jurar que susurro "te doy mi bendición", después de ahí solo sentí el peor y más letal de los dolores; morir y morir a manos del amor, porque me enamore de la muerte y ella se enamoro de mí.
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